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¿El clima ya está matando?

Contraste entre titulares alarmistas y datos reales sobre mortalidad climática

Frío, calor y cómo se construye una muerte climática

Cada verano ocurre lo mismo. Los mapas se tiñen de rojo, las temperaturas baten récords locales y los titulares se multiplican. No hablan solo de calor: hablan de muertos. De víctimas. De cambio climático y mortalidad. Pero ¿cómo afecta el cambio climático a la mortalidad?

A finales de 2025, medios de referencia para millones de lectores publicaban artículos como “De olas de calor mortales a riadas: cómo el clima extremo marcó 2025 en Europa” (Euronews), “El calor extremo deja miles de muertos” (El Mundo) o incluso columnas tituladas directamente “Los muertos del cambio climático” (El País).

No son blogs marginales. Son medios que “todo el mundo lee y cree”.

Y, sin embargo, cuando uno va a los datos que hay detrás de esas afirmaciones, aparece una pregunta incómoda:

¿De qué muertos estamos hablando exactamente?

Cuando una cifra parece obvia… pero no lo es

El lector medio entiende algo muy concreto cuando lee “muertes por calor” o “muertes del cambio climático”. Imagina personas cuya causa de muerte fue certificada como “golpe de calor”, o fallecimientos directamente atribuibles a un evento climático extremo.

Eso ocurre, sí. Pero no es eso lo que miden la mayoría de las cifras citadas en estos artículos.

Lo que se suele usar son estimaciones de mortalidad atribuible: cálculos estadísticos que comparan cuántas personas murieron en un periodo determinado con cuántas habrían muerto “en condiciones normales”, según un modelo histórico. Y esta diferencia se asocia estadísticamente a la temperatura.

Este matiz parece técnico, pero lo cambia todo.

No estamos hablando de causas clínicas directas, sino de atribuciones poblacionales, con supuestos explícitos sobre cómo responde la mortalidad a la temperatura. Es una herramienta legítima en epidemiología. El problema empieza cuando se presenta como algo que no es.

Este enfoque simplificado encaja con el relato dominante del cambio climático, que tiende a reducir procesos complejos a un único mecanismo.

El dato que casi nunca aparece en el titular

Cuando se mira el conjunto de la evidencia disponible: no un verano concreto, no un país aislado, sino décadas de datos, aparece un patrón muy robusto.

El mayor estudio observacional realizado hasta la fecha sobre mortalidad y temperatura, publicado en The Lancet, analizó más de 74 millones de muertes en múltiples países durante casi tres décadas. Su resultado central es claro (Figura 1):

La mayor parte de la mortalidad atribuible a la temperatura no se debe al calor, sino al frío.

No por un pequeño margen. Por un orden de magnitud.

A escala global, alrededor del 7,7% de todas las muertes se asocian a temperaturas no óptimas. De ese total, más del 7% se atribuye al frío, y menos del 0,5% al calor.

Cambio climático y mortalidad: distribución de la mortalidad asociada a frío y calor en distintos países

Figura 1 | Fracción de la mortalidad total atribuible a temperaturas moderadas y extremas de frío y calor por país. Datos reconstruidos a partir del material suplementario de Gasparrini et al., The Lancet (2015).
Las categorías “moderado” y “extremo” se definen usando la temperatura de mínima mortalidad (MMT) y los percentiles 2,5 y 97,5 de la distribución de temperaturas.

Y aquí llega el segundo golpe a la intuición.

No son los extremos los que matan más

El imaginario colectivo se construye alrededor de eventos extremos: olas de calor “históricas”, temperaturas récord, alertas rojas. Pero los datos cuentan otra historia.

La mayor parte de la mortalidad atribuible no ocurre durante extremos, sino durante temperaturas moderadamente alejadas del óptimo, especialmente en el lado frío. Días que no salen en las noticias, pero que se repiten una y otra vez.

Dicho de forma sencilla: el riesgo térmico mata por acumulación, no por espectacularidad.

Esto no significa que las olas de calor no sean peligrosas. Significa que, si solo hablamos de ellas, estamos mirando una parte muy pequeña del fenómeno.

España: datos reales frente a relatos repetidos

España es un caso especialmente interesante, porque combina clima templado, población envejecida y un sistema de vigilancia (MoMO, Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria) citado constantemente en la prensa.

Cuando se analizan los datos españoles dentro del estudio global de The Lancet, el resultado vuelve a romper las expectativas: la mortalidad atribuible al frío es mayor que la atribuible al calor, incluso en un país asociado culturalmente al calor como España.

Pero hay más.

Un estudio posterior, centrado exclusivamente en España y publicado en Environmental Health, analizó más de 14 millones de muertes entre 1979 y 2018. Su objetivo era ver si la relación entre temperatura y mortalidad había cambiado con el tiempo.

Y cambió. Mucho.

España no es un sistema estático

A lo largo de cuatro décadas, la curva que relaciona temperatura y mortalidad en España se ha ido aplanando. El riesgo asociado tanto al frío como al calor ha disminuido en términos relativos.

Esto no ocurrió por arte de magia. Ocurrió mientras cambiaban muchas otras cosas:

  • La esperanza de vida aumentó.
  • El gasto sanitario casi se duplicó.
  • El acceso al aire acondicionado pasó de ser marginal a común.
  • Las viviendas mejoraron… aunque de forma desigual.
Distribución de la mortalidad asociada a frío y calor entre 1979 y 2018 en España

Figura 2 | Fracción de la mortalidad total atribuible a temperaturas moderadas y extremas de frío y calor en España, por periodo (1979–2018).
Las fracciones atribuibles se estimaron a partir de modelos epidemiológicos y no representan causas clínicas individuales de muerte. Datos agregados tomados de Ordanovich et al., Environmental Health (2023), Table 3.
No se utilizaron datos individuales de mortalidad.

Este punto es crucial porque desmonta otro eslogan habitual: la idea de que “cada vez muere más gente por el calor”.

Los datos españoles muestran algo más complejo: la vulnerabilidad cambia, y no siempre en la dirección que sugieren los titulares.

Eso no significa que todo vaya bien. El mismo estudio muestra que ciertos grupos, por ejemplo, mujeres, no se han beneficiado igual de la reducción del riesgo asociado al calor. La adaptación existe, pero no es uniforme.

América Latina: cuando el frío también importa donde no lo esperamos

A veces se asume que este debate solo tiene sentido en Europa. Que en América Latina, por definición, el calor domina.

Los datos no respaldan esa simplificación.

Un estudio reciente que analizó países de Centro y Sudamérica encontró que, en muchos casos, la carga de mortalidad atribuible al frío supera a la atribuible al calor, incluso en regiones que solemos percibir como “cálidas”.

La razón no es misteriosa. Tiene que ver con vivienda, acceso a energía, sistemas sanitarios y desigualdad. Es decir, con la infraestructura, no solo con la temperatura media.

Impacto del frío y el calor en la mortalidad en países de América Latina

Figura 3 | Fracción de la mortalidad total atribuible a temperaturas moderadas y extremas de frío y calor en países de Centro y Sudamérica y por zona climática. Figura adaptada de Tobías et al., Environmental Epidemiology (2024). Las fracciones atribuibles representan estimaciones poblacionales basadas en modelos epidemiológicos de series temporales. Las ciudades con clima polar no fueron consideradas.

Cuando además se traducen estas muertes en pérdida económica, el patrón se refuerza: el impacto agregado del frío supera ampliamente al del calor en la región.

Entonces, ¿por qué solo vemos una parte de la historia?

Volvamos a los titulares del principio. Cuando un artículo afirma que “el cambio climático mata cada vez a más personas”, rara vez está inventando cifras. Lo que ocurre es algo más sutil —y mucho más común—: una cadena de simplificaciones que transforma un resultado estadístico complejo en una afirmación aparentemente causal y moralmente inequívoca.

1.- Primero, una estimación poblacional de mortalidad atribuible se presenta como si describiera muertes directas, individuales y clínicamente causadas por el calor.
2.- Segundo, el foco se coloca casi exclusivamente en el calor, mientras el frío —que históricamente explica una fracción mayor de la mortalidad asociada a la temperatura— desaparece del encuadre.
3.- Tercero, se diluyen factores decisivos como el envejecimiento demográfico, la adaptación tecnológica, la calidad de la vivienda o la desigualdad social.
El resultado final es una frase contundente, fácil de comprender… y profundamente incompleta.

Aquí aparece un elemento clave que el profesor y ambientalista Bjørn Lomborg subraya con acierto y que rara vez se menciona en el debate público: el calor y el frío no “matan” de la misma manera desde el punto de vista narrativo. Las muertes asociadas al calor tienden a concentrarse en picos breves, vinculados a episodios extremos, con aumentos rápidos de mortalidad en cuestión de días. Esto encaja perfectamente con la lógica informativa: hay un evento, hay un antes y un después, hay una cifra que se puede titular. El frío, en cambio, actúa de forma lenta y difusa. Su impacto se reparte a lo largo de semanas, a través de descompensaciones cardiovasculares y respiratorias, sin un momento claro que marque el inicio de la tragedia. No hay ola, no hay récord, no hay imagen. Y lo que no adopta la forma de evento rara vez se convierte en noticia.

El problema, por tanto, no es que los periodistas “mientan”. Es que el significado del dato cambia en el trayecto que va desde los datos brutos hasta el titular, guiado por lo que resulta más visible, más inmediato y más fácil de contar. Pero la estadística no sigue la lógica del impacto mediático. Y cuando se confunde una con la otra, lo que se pierde no es un matiz técnico, sino la comprensión real de cómo la temperatura afecta —de verdad— a la mortalidad humana.

Conclusión

El calor extremo puede ser un riesgo real.
El cambio climático puede plantear desafíos sanitarios reales.

Nada de eso está en discusión.

Lo que sí debería estarlo es la narrativa simplificada que reduce la mortalidad climática a una historia lineal de calor creciente y muertos inevitables. Esa narrativa no surge de los datos, sino de su selección.

Los mejores estudios disponibles muestran algo más incómodo: que la mortalidad asociada a la temperatura ha estado históricamente dominada por el frío; que los mayores efectos no provienen de eventos extremos, sino de desviaciones térmicas frecuentes y poco visibles; y que la vulnerabilidad humana depende tanto (o más!) de infraestructura, adaptación y desigualdad que de unos pocos grados de temperatura media.

Entender esto no nos convierte en negacionistas.
Nos convierte en lectores capaces de distinguir entre evidencia y relato.

Referencias

    1. Gasparrini, A. et al.
      Mortality risk attributable to high and low ambient temperature: a multicountry observational study.
      The Lancet, 2015.
      — El estudio observacional más amplio hasta la fecha sobre mortalidad y temperatura. Base empírica central para la comparación frío vs. calor y para el papel dominante de temperaturas moderadas.

    1. Ordanovich, D. et al.
      Temporal variation of the temperature–mortality association in Spain: a nationwide analysis.
      Environmental Health, 2023.
      — Análisis nacional para España (1979–2018) que muestra cambios temporales en la vulnerabilidad, adaptación y diferencias por sexo y edad.

    1. Tobías, A. et al.
      Mortality burden and economic loss attributable to cold and heat in Central and South America.
      Environmental Epidemiology, 2024.
      — Evidencia regional para América Latina, incluyendo fracciones atribuibles por país, zonas climáticas y estimaciones de impacto económico.

    1. Lomborg, B.
      False Alarm: How Climate Change Panic Costs Us Trillions, Hurts the Poor, and Fails to Fix the Planet.
      False Alarm, Basic Books, 2020.
      — Referencia conceptual utilizada para el argumento narrativo sobre mortalidad por frío vs calor y el sesgo mediático hacia eventos extremos.
      (Los datos del post proceden de la literatura científica citada arriba; Lomborg se usa como marco interpretativo, no como fuente primaria.)

    1. Instituto de Salud Carlos III (ISCIII)
      Sistema de Monitorización de la Mortalidad diaria (MoMo).
      Instituto de Salud Carlos III.
      — Herramienta oficial española para estimar el exceso de mortalidad asociada a la temperatura.

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