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Energía nuclear: emisiones reales y riesgos en cifras

La energía nuclear ocupa una posición singular en el debate climático global y en las políticas energéticas nacionales.
No porque falten datos (los datos existen y son abundantes!), sino porque muy pocos agentes del discurso público los utilizan de forma consistente. A nivel mundial, unos 440 reactores comerciales operan en más de 30 países, proporcionando alrededor del 9 % de la electricidad global y más de una quinta parte de la electricidad baja en carbono (World Nuclear Association).

En el contexto español, esta tensión es especialmente evidente. España mantiene siete reactores en operación repartidos en cinco centrales nucleares (Almaraz I y II, Ascó I y II, Cofrentes, Vandellós II y Trillo), que en conjunto produjeron cerca del 20 % de la electricidad del país en 2024 (Consejo de Seguridad Nucleats, CSN). Sin embargo, el Gobierno ha reafirmado que el cierre progresivo de todas las centrales nucleares se concretará entre 2027 y 2035, tras un acuerdo sectorial y regulatorio que data de 2019, con pocas señales de extensiones operativas salvo condiciones de seguridad y coste estrictas.

En América Latina, el contexto es distinto, pero revelador. La región ha desarrollado históricamente una presencia nuclear limitada, con solo tres países operando centrales nucleares: Argentina, Brasil y México, que en conjunto suman siete reactores y alrededor de 5 GW de capacidad instalada, una fracción marginal de la matriz eléctrica regional.

Dentro de este grupo, la Argentina ocupa una posición singular. Es el país latinoamericano con mayor continuidad nuclear, una industria propia consolidada, experiencia en exportación de tecnología nuclear y proyectos activos de desarrollo, incluyendo reactores de potencia y de investigación. En el discurso energético argentino, la energía nuclear se presenta de forma explícita como herramienta de descarbonización, seguridad de suministro y autonomía tecnológica, no como una reliquia del pasado.

A nivel regional, no existe un consenso explícito para una expansión nuclear coordinada. Sin embargo, en los últimos años se observa un cambio de tono: la energía nuclear ha dejado de ser un tema marginal o ideológicamente excluido y empieza a reaparecer en debates técnicos sobre descarbonización, especialmente en el contexto de foros internacionales y de cara a COP30 en Brasil, donde el énfasis se desplaza progresivamente hacia el uso de todas las tecnologías bajas en carbono disponibles, sin exclusiones previas.

De echo, cuando se evalúan las tecnologías energéticas desde métricas físicas —emisiones reales, energía entregada, densidad física, mortalidad estadística y estabilidad de red— la energía nuclear deja de ser una anomalía ideológica y pasa a ser un caso de coherencia técnica que merece análisis riguroso y no simplificaciones narrativas.


1. Emisiones: cuanto emite la nuclear?

Cuando se analiza la energía entregada frente a las emisiones asociadas a lo largo de todo el ciclo de vida, la energía nuclear se sitúa de forma consistente en el rango de 10–15 gCO₂/kWh, un valor comparable al de la energía eólica y claramente inferior al de la solar fotovoltaica convencional (datos compilados por OWID; Mathew, 2022; Rehm, 2023). Este valor de 10–15 gCO₂/kWh incluye explícitamente todas las fases relevantes del ciclo de vida:

  • minería y procesado del uranio,
  • fabricación y construcción de la central,
  • operación a lo largo de varias décadas,
  • gestión del combustible gastado,
  • y desmantelamiento final de la instalación.

Por qué? La electricidad nuclear se produce a partir de reacciones de fisión que no implican combustión, lo que elimina la principal fuente de emisiones directas de CO₂. A diferencia de las centrales térmicas fósiles, no hay carbono que oxidar durante la generación de electricidad. Las emisiones asociadas a la nuclear se concentran casi exclusivamente en etapas previas y posteriores a la operación del reactor.

Emisiones de CO₂ equivalente a lo largo del ciclo de vida (gCO₂/kWh) para distintas tecnologías de generación eléctrica incluyendo energia nuclear

Figura 1 | Emisiones de CO₂ equivalente a lo largo del ciclo de vida (gCO₂/kWh) para distintas tecnologías de generación eléctrica. La comparación incluye combustibles fósiles y fuentes bajas en carbono, considerando etapas de extracción, construcción, operación y desmantelamiento. Fuente: Carbon Dioxide Emissions from Electricity, 2021.


2. Capacidad instalada no es energía entregada

Una de las confusiones más persistentes en el debate energético es tratar la capacidad instalada como si fuera sinónimo de electricidad producida. Esta equivalencia no es solo imprecisa: es físicamente falsa.

La diferencia la introduce una variable clave que rara vez aparece en titulares: el factor de capacidad, es decir, la fracción del tiempo durante la cual una instalación produce electricidad cerca de su potencia nominal. No mide lo grande que es una central, sino cuánto trabaja realmente a lo largo del año.

Cuando se comparan tecnologías bajo esta métrica, las diferencias son estructurales, no marginales. De forma típica, los valores observados son:

  • Energía nuclear: ≈ 85–90 %
  • Eólica: ≈ 30–45 %
  • Solar fotovoltaica: ≈ 15–25 %

La consecuencia es directa:

Un gigavatio nuclear entrega varias veces más electricidad anual que un gigavatio solar o eólico.

No porque sea “mejor” en abstracto, sino porque combina dos propiedades físicas a la vez: alta potencia nominal y alta disponibilidad temporal [Rehm T. E.,2023; Krūmiņš & Klaviņš, 2023] .

Figura 2 | Capacidad instalada global (GW) y electricidad generada anual (TWh/año) por fuente de generación eléctrica. Aunque tecnologías como la solar y la eólica concentran una gran parte de la capacidad instalada mundial, la electricidad efectivamente entregada depende del factor de capacidad. La energía nuclear, con una fracción mucho menor de capacidad instalada, produce una cantidad comparable o superior de electricidad anual debido a su alta disponibilidad operativa. Fuente: Our World in Data (2024).

Rehm T. E. (2023) resume esta diferencia de forma clara: la energía nuclear ofrece una producción continua y predecible que las fuentes variables solo pueden igualar mediante almacenamiento masivo o respaldo adicional, infraestructuras que rara vez se incorporan de forma explícita en las comparaciones públicas.


3. Mortalidad: riesgo medido frente a riesgo imaginado

La percepción de riesgo asociada a la energía nuclear está dominada por eventos raros, altamente visibles y emocionalmente cargados. Accidentes puntuales, imágenes icónicas y narrativas persistentes han moldeado durante décadas la intuición pública.

Sin embargo, al mirar a las muertes por unidad de energía producida (muertes por teravatio-hora) el resultado es consistente y poco ambiguo. Trabajos clásicos de Markandya, informes de UNSCEAR y registros industriales, muestran que la energía nuclear se sitúa entre las fuentes con menor mortalidad por TWh generado. Y esto incluye explícitamente los grandes accidentes nucleares tales como Chernóbil y Fukushima. En este punto, el debate deja de ser narrativo y pasa a ser cuantitativo. Una figura comunica mejor que una interpretación, así que a continuación se presenta la Figura 3, para observarla, compararla y extraer conclusiones.

Figura 3. Muertes asociadas por teravatio-hora (TWh) de electricidad producida según la fuente energética. El gráfico principal muestra la diferencia de escala entre combustibles fósiles y fuentes bajas en carbono. El recuadro amplía el detalle para eólica, nuclear y solar, cuyas mortalidades relativas son dos órdenes de magnitud inferiores. Las estimaciones incluyen mortalidad directa e indirecta y contabilizan los principales accidentes históricos. Fuentes: Markandya & Wilkinson (2007); Sovacool et al. (2016); UNSCEAR (2018).


Conclusión… deliberadamente incompleta

Con solo tres métricas básicas —emisiones de CO₂ por kWh, electricidad efectivamente producida y muertes por unidad de energía— ya aparece un patrón claro: muchas de las afirmaciones habituales sobre la energía nuclear no resisten una comparación cuantitativa coherente.

Hasta aquí no se ha hablado de uso del suelo, ni de densidad energética, ni de residuos, ni de ciclos avanzados de combustible. No porque no importen, al contrario, sino porque introducirlos ahora obligaría a enfrentarse a preguntas aún más incómodas sobre los límites físicos, materiales y espaciales de la transición energética.

Este artículo no pretende cerrar el debate sobre la energía nuclear. Pretende reencuadrarlo. Y una vez que se hace eso, el siguiente paso ya no es discutir percepciones, sino examinar qué costes ocultos se están ignorando cuando se descartan determinadas tecnologías a priori.

Ese análisis —sobre densidad energética, residuos y reactores avanzados— queda para el siguiente artículo, como parte de la colección Energía nuclear: física, escala y sistema.

FAQ: Conceptos básicos para entender la energía

Esta sección aclara conceptos técnicos esenciales para leer comparaciones energéticas sin confundir potencia, energía, emisiones o riesgo.

¿Qué significa “capacidad instalada” (GW)?

La capacidad instalada es la potencia máxima que una instalación puede entregar en condiciones ideales. Se mide en gigavatios (GW), pero no indica cuánta electricidad se produce realmente.
Un ejemplo cotidiano: la potencia máxima de un horno eléctrico (por ejemplo, 2 kW) indica lo rápido que puede calentar cuando está encendido al máximo, no cuánta energía consume al mes. Si lo usas poco, su consumo real será bajo aunque tenga mucha potencia.

¿Qué significa “electricidad producida” (TWh)?

La electricidad producida es la energía total entregada durante un periodo de tiempo, normalmente un año. Se mide en teravatios-hora (TWh) y refleja el aporte real de una fuente al sistema eléctrico.
Siguiendo el ejemplo del horno: el consumo mensual en la factura (kWh) depende de cuánto tiempo lo usas, no solo de su potencia. Dos hornos con la misma potencia pueden consumir cantidades muy distintas de energía si uno se usa todos los días y el otro solo ocasionalmente.

¿Por qué una fuente con mucha capacidad puede producir poca electricidad?

Porque no todas las fuentes funcionan todo el tiempo. La diferencia entre potencia instalada y energía producida depende de cuándo y cuánto tiempo está disponible la fuente.
Un ejemplo común es una placa solar en el tejado: puede tener una potencia nominal de 5 kW, pero solo produce electricidad cuando hay sol. Por la noche, en días nublados o en invierno, su producción es baja o nula. Aunque la potencia instalada sea la misma todo el año, la energía total producida varía mucho.

¿Qué es una Dunkelflaute?

Dunkelflaute es un término alemán que describe un periodo en el que la producción de electricidad solar y eólica es simultáneamente muy baja, normalmente durante varios días. Suele darse en invierno, cuando coinciden cielos cubiertos persistentes y condiciones atmosféricas estables con poco viento.
Un ejemplo cotidiano: imagina una habitación que se mantiene caliente gracias a dos aportes principales. Durante el día entra calor por una ventana orientada al sol. Además, un ventilador introduce aire más cálido desde otra estancia cuando hay circulación de aire. En condiciones normales, uno u otro suele funcionar y la temperatura se mantiene.
Ahora imagina varios días seguidos de invierno con cielo nublado constante (la ventana deja de aportar calor) y aire completamente en calma (el ventilador ya no mueve aire caliente). Ninguna de las dos fuentes falla por sí sola: simplemente las condiciones externas hacen que ambas aportaciones sean casi nulas al mismo tiempo.
En un sistema eléctrico con alta penetración de solar y eólica ocurre algo análogo. Cada tecnología funciona bien de forma individual, pero existen situaciones meteorológicas reales en las que ambas producen poco a la vez. Durante una Dunkelflaute, el sistema necesita recurrir a fuentes de respaldo (almacenamiento, importaciones o generación despachable) para mantener el suministro eléctrico. No es un evento raro ni teórico: está documentado en registros meteorológicos y operativos europeos.

¿Qué es el factor de capacidad?

El factor de capacidad indica qué fracción del tiempo una instalación produce electricidad cerca de su potencia máxima. Resume en un solo número disponibilidad, intermitencia y paradas técnicas.
Un ejemplo cotidiano: un coche puede tener un motor capaz de alcanzar 200 km/h (potencia máxima), pero si la mayor parte del tiempo circula en ciudad, atascos o está aparcado, su velocidad media real será mucho menor. El factor de capacidad sería el equivalente a comparar esa velocidad media con la velocidad máxima del coche.
En energía ocurre lo mismo: una central nuclear suele operar de forma continua durante gran parte del año, mientras que una instalación solar o eólica depende de condiciones externas. Por eso, dos tecnologías con la misma potencia instalada pueden producir cantidades muy distintas de electricidad anual.

¿Por qué las emisiones se comparan en gCO₂ por kWh?

Porque el impacto climático depende de cuántas emisiones se generan por unidad de electricidad útil. Comparar emisiones totales o por central no permite evaluar tecnologías con escalas muy distintas.

¿Qué significa “muertes por teravatio-hora”?

Es una métrica que normaliza la mortalidad asociada a una fuente de energía por la cantidad de electricidad producida. Permite comparar riesgos entre tecnologías que generan volúmenes muy diferentes de energía.

Referencias

  1. Our World in Data (OWID)
    Our World in Data. Nuclear energy.
  2. World Nuclear Association
    World Nuclear Association. Carbon Dioxide Emissions from Electricity.
  3. Consejo de Seguridad Nuclear (CSN)
    Consejo de Seguridad Nuclear (CSN). La energía nuclear en España.
    https://www.csn.es
  4. UNSCEAR (United Nations Scientific Committee on the Effects of Atomic Radiation)
    UNSCEAR. Sources, Effects and Risks of Ionizing Radiation. Report to the General Assembly, Scientific Annexes. 2018.

Artículos científicos y reviews

  1. Mathew, M. D. Nuclear energy: A pathway towards mitigation of global warming.
    Progress in Nuclear Energy, 143 (2022), 104080.
    https://doi.org/10.1016/j.pnucene.2021.104080
  2. Rehm, T. E. Advanced nuclear energy: The safest and most renewable clean energy.
    Current Opinion in Chemical Engineering, 39 (2023), 100878.
    https://doi.org/10.1016/j.coche.2022.100878
  3. Krūmiņš, J., & Klaviņš, M. Investigating the Potential of Nuclear Energy in Achieving a Carbon-Free Energy Future. Energies, 16(9) (2023), 3612.
    https://doi.org/10.3390/en16093612
  4. Markandya, A., & Wilkinson, P. Electricity generation and health.
    The Lancet, 370(9591) (2007), 979–990.
    https://doi.org/10.1016/S0140-6736(07)61253-7
  5. Sovacool, B. K., & Bjørn-Thygesen, F. Balancing safety with sustainability: Assessing the risk of accidents for modern low-carbon energy systems.
    Journal of Cleaner Production, 112 (2016), 3952–3965.
    https://doi.org/10.1016/j.jclepro.2015.07.059

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